Rompe algo

violencia

Él me miró con violencia, con vehemencia, casi con paternidad obligada y dolida. Le indignó tanto mi silencio que de pronto parecía estar estallando por dentro. Luego cerró los ojos, luchando por convertirse en una coraza que me salvase de la metralla del tiempo, pero acabó levantándose y agarrándome de la barbilla. Aferrándose.

Como si yo sola representase toda su lucha contra un mundo demasiado grande.

La fina pero eterna línea entre lo que te prometieron y lo que te van a dejar intentar es la que justifica tu rabia, bonita. -Odiaba que me llamase bonita. Delataba nuestra verdadera diferencia de edad y de luchas, de principios. De realidad. Convertía nuestra relación en una condescendencia sexual. Odiaba que me encantase. – Esa barrera invisible es una convención aceptada que te deja ver al otro lado del espejo, pero que no te permite pasar. Son sus jardines, preciosa. Ese muro es la justificación de tu insurrección, de tus actos.

Esa línea deberían ser tus piedras.

-Si no entiendo su sistema cómo voy a entender su poder, su autoridad o sus normas. Yo me repliego aquí, con mis libros y mis letras, mis silencios, mis reflexiones, a ver estallar el mundo.

– Nadie recordará tus deseos de cambiar la realidad cuando hayas muerto. La intención sólo sirve para las almas mediocres. Rompe algo, bonita. Rompe algo.

Del amor ingobernable

amor explosión

Me niego al amor aburrido.

Me niego a los amores tristes.

Me niego a los amores de postal y firma abajo, de tradición heredable. Me niego a saber de pisos, hipotecas, facturas y educación; de fútbol y opinar de otros amores. Me niego al amor que sabe de sueldos y planes de jubilación.

Pero no saben de amar. No de destrozar el mundo.

Me niego a los amores cuerdos, que no odien la vida un poco y se metan mano en los conciertos. Me niego si no es cerveza. Un ejército de dos gritando que se joda al mundo. Alegría adolescente explotada hasta el ridículo. Me niego al amor que no te coge del cuello para besarte con fuerza.

Me niego al amor maduro.

Me niego al amor que no muerde.

Me niego al amor que pecará de educado.

Me niego​ si no idealiza, peligrosamente, a diario. Si no sueña con su polla.
Me niego a acatar sus órdenes: casa, perros, hijo. Me niego a ser racional, me niego al amor celoso, de verdad, me niego a las posesiones, a ese puto espionaje.

Me niego al enfrentamiento, a hacer enemigo al cómplice. Me niego a plantearme nada que pueda doler.

Me niego al sexo planificado, joder. Me niego al sábado por la noche como rutina aceptada. Me niego al amor que no explote en sus deshoras.

Me niego al amor sin ganas. Me niego al amor que no se mueve en un constante “vamos” que no necesitará ser pronunciado.

Me niego a un amor que no se desborda, que no es excesivo, zafio, irreverente,irresponsable. Magnánimo, como un Dioniso cuerdo que puede embriagarlo todo. Me niego a los amores limpios. A los que no arriesgan, a los íntegros.

Me niego a los amores controlados, basados en un respeto cariñoso, me niego a lo prudente.

Porque el amor no es cariño.

No es cordura.

No es compromiso, ni respeto, si no tiene nada más.

No es cuidado.

No es galante. No debe ser delicado. Ni sutil.

El amor es puto amor.

Excesivo, maleducado, impetuoso. Desbordante. Es amor improvisado, inabarcable, hiperbólico. Etílico. Corporal, tangible, inmenso, nutritivo, irresponsable.

Ingobernable.

Roto y rabia

Hoy tengo el culo roto, pero el alma bien entera. Tengo la conciencia hecha pedazos, el corazón inefable, la boca demasiado abierta.

Tengo la vajilla entera -y nueva- porque nunca he destrozado un plato. Pero sí he repartido gramos, como quien hace ecuaciones entre amistad y polvo usado.

He probado a destilar veneno con palabras de mi boca. También bebí de todas las destilerías, y arranqué los retales de la integridad que me inculcaron.

Construí un imperio en ruinas. Y he follado entre los restos del reino que antes fue mío. He mordido, marcado y abusado, de un futuro ideal que sólo existió en el pasado.

Quisieron darme la pistola y no supe cómo cogerla.

Sí, me han apuntado con el arma a la cabeza, pero nunca fui el banco.

Porque he aprendido a ser bala. Y todavía ando perdida, y tan sólo así me encuentro.

Dioses de fin de semana

Y nos hemos hecho grandes a base de habernos creído pequeños. Dolorosamente estúpidos, absurdamente subalternos.

Que cavaron nuestras entrañas con la realidad de que nunca haremos nada, y nos relegaron a la suciedad del tiempo estático, donde nunca nada sucede más que las metas perdidas y la juventud sin fuerzas.


Y bebimos más cervezas que pasiones para justificar la vida que no teníamos. Y lloramos pero riendo en esquinas, como locos desquiciados que no tenían razones. Y todos los viernes fueron un paraíso: nuestro imperio sin fronteras para los que apenas dos días podían construir un universo.

Y joder, fuimos dioses sin rivales en nuestro olimpo abandonado.


De miradas de desprecio nos aprendimos auténticos, nos construimos gigantes.

Y ahora qué.

Ahora andamos entre sus mediocres vidas con la mediada sonrisa de quién no necesita destacar. Porque ya ha explotado su existencia, porque sabe que ha sentido por encima, porque sabe que en el momento preciso volverá a a hacerlo de nuevo.

Mi jodida piedra rota

Creo que nunca llegué a quererlo del todo, pero los dos lo sabíamos, y la historia fue perfecta. Entre nuestros límites nunca establecidos quedó claro que éramos demasiado diferentes para compartir la ruta, así que decidimos estrellarnos como una supernova triste.

Fue jodidamente divertido.

Él sólo quería quebrar todo aquello que le había destrozado la infancia. Era puro rencor aunque nunca lo sabría. Yo era una empollona convencida que siempre había preferido los libros hasta que descubrí la cerveza.

Todo encajaba. Él daba patadas a pijos en la cabeza y me traía las drogas, yo le contaba los principios del marxismo mientras mirábamos las estrellas por la noche. Borrachos, contentos. Odiábamos a todo el mundo.

Follábamos con más ímpetu que cuidado. Quizá eso nos restase orgasmos, pero cada uno tenía su guerra interna y sólo podría ganarla con golpes demasiado fuertes. Jamás le dije ‘te quiero’, pero habría empeñado la mitad de mis estudios por uno de sus mordiscos.

Él era todo lo que hacía falta para hacer arder el mundo.

 

Próxima estación, desidia

Durante esos días me di cuenta de que el día a día es como una especie de cabaret epiléptico para ovejas a las que han robado el rebaño. Luces, alarmas, miradas perdidas. Podómetros en automático. La vida oscila entre paradas de metro, chistes malos en el curro, avisos de nuevo wifi. Y cuadrar malabarismos con el mando de la tele a ver qué anuncio es más soportable.

Próxima estación: desidia.

Estás sólo y sin rebaño, pero joder, en cuanto te despistas estás de nuevo en el redil y bien marcado.

Redil de pastor invisible.

Redil de pastor de sueldo.

Todos nos hacemos viejos cuando mueren las pasiones. Levántate, hijo de puta, tú mismo las has matado. Las vendiste, quizás te las expropiaron. Murieron en el verano en el que dejaste de emborracharte cada tarde a 30 grados. Te han conseguido un coche que pagar a treinta plazos, un alquiler de mierda domiciliado, y un plan de dieta flexible (que te permite volver a tu comida basura en días ocasionales).

Encontrada nueva conexión: rendirte a lo común o al vicio.

Cambié las Martens por mocasines marrones y mi rabia por el sueño de las 06:45 h.

Teclee la contraseña: sin-una-puta-salida.

Elija su red preferida: nitroglicerina o muerte.

Por no saber ser humano

texto-humano

Escribir. Como si fuese una opción. Como si pudiera elegirlo, joder. Lo pronuncian tan trivial.

No es ambición, sólo es por necesidad. Por deshacerme, por buscar mi propio extremo, por indagar en la intensidad hasta brillar o explotarme. Manchándolo todo de carne, de recuerdos inventados.

No es por los halagos. No, ni por la realización. Es por justificar la existencia ante ti mismo. Es por no saber ser ellos. Cuando no eres sus conversaciones, sus enredos, no eres parte de sus días. Intentas hacerte letras por no saber ser humano.
No. Nunca se escribe por placer.
Escribir nunca construye. Es el acto de romper lo que creíste que eras hasta comenzar de nuevo. Una, y otra vez. Escribiré destruyendo mis entrañas o moriré en el silencio de una vida más que no importa.

No te salvas, sobrevives. Sólo es un chupito más en tu intento por dejarlo. Alcohólico reincidente. Por gritarle algo al mundo. Por fingir que nada es tan efímero como parece. Decir.
Tengo mis minutos llenos de todo lo que no seré. Del odio de un mundo que me viene grande. De las ganas de quemarlo. De las ganas de salvarme. De saberme el pecado del que no puedo escapar. Y yo que sé. Yo solo puedo escribirlo.

Yo, que hubiese quemado mil ciudades y apuñalado el sol de mediodía por drogarme una vez más con él en los oscuros bares, por morderle la boca sin cuidado y follármelo más tarde en algún parque. Yo, el convencimiento hecho añicos, la distancia derrotada; que hubiera escrito sobre el amor si él me lo hubiera pedido.

Que había perdido la hiel, en cien pequeños detalles que me erizaban del esfuerzo. Podía decir querer, y dos, y siempre, y tú. Podía ceder mi mano por la calle, y regalarle mi nombre para que lo hiciera suyo a placer. Había aprendido a sernos, mi coño era de los dos, el mundo de nuestros odios y la tristeza de nadie.

Ser nitroglicerina

Y ella se convirtió en fuego para que no le quemase la vida.

Para no deberle nada.

Que había probado todo y no merecía la pena. La vida le había fallado, le salía a devolver, y joder, iba a cobrarse las deudas. En forma de noche y grito, en forma de excesos propios, de placeres, de aceptarse más de lo que nunca permitiría esta sociedad nefasta. Los años le debían demasiadas esperanzas, y pensaba quemar todas. Consumirlas, como polvo y como llanto si hace falta. Ser nitroglicerina. Convertir aire en ceniza y dejar explotar todo.

Ella era su propia musa porque no necesitaba. Se inspiraba en su propia dirección, movimiento aleatorio y aceleración constante. Sin necesidad de viento, ni veleta, ni metáforas manoseadas.

Sin necesidad de nadie.

Era libertad abrumadora que no podrás soportar. Más allá de tu cerebro. Porque si acomoda límite sólo puede ser estafa, y así es como nos pudrimos. Ella era su propia verdad. Y joder, cómo sabía bailarla.

Y, no sé, aquí venía a contaros. Mi vida nunca fue igual desde que bailé con ella.

Ilustración de David Bray.

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30 libros esperando en un estante

Un mes después de habernos comido la boca le regalé el primer libro. A bocajarro y sin preguntas. Como un disparo que no espera reacciones. Apenas le conocía, no íbamos a ser nada, solo la casualidad perfecta en forma de complicidad y vicios. Él buscaba mis conversaciones y yo su polla por debajo de la barra. Vamos, el amor más puro, aunque aún no lo supiera.
Era su cumpleaños y yo solo buscaba una excusa para marcarle la sangre, para ser feroz recuerdo. Para significar algo cuando rememorara su lista en las hazañas de viejo. Fácil, cómplice. Todo era divertido y no necesitaba ninguna reacción en concreto: vivía en la libertad absoluta de quien no espera nada.

Solo quise ser mordisco. Recuerdo a la perfección el momento. Recuerdo cómo el polvo acabó en risa en un sucio coche empañado. Recuerdo las líneas que encontramos sin buscarlas: “¿Sabías que mezclando gasolina con zumo de naranja podrías fabricar napalm?” Recuerdo esa sonrisa espontánea de no haber recibido libros de chicas que no te conocen.
Ahora somos 30 libros esperando en un estante. Ahora somos rabia y furia, somos letras que desmienten. Somos libres pero al lado. Siempre supe que era él porque su nombre son treinta cuadernos a medias.

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